Fuentes: El tiempo.

Oceanos

Francisco Arias dice que la contaminación por aguas negras es el gran problema de nuestros mares.

Los sueños de Francisco Arias suelen cumplirse. Desde niño deseó dedicarse al mar, a pesar de que nació muy lejos de él, en Buga (Valle). Lo tenía tan claro que nunca tuvo ideales infantiles, como el de ser bombero o policía, ni retos comunes a la adolescencia, como los de dedicarse a la medicina o al derecho. Ingresó a la Armada, como tenía que ser, donde llegó a convertirse en capitán de navío. “Los almirantazgos no estaban reservados para mí”, dice para resumir, en aquel tono de satisfacción que exponen solo aquellos que ya hicieron lo que quisieron en la vida, los más de 15 años de carrera militar.

Ahora, después de 18 años al mando del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), la entidad que estudia y analiza nuestros océanos, Arias sueña más lejos y más fuerte. Quiere que Colombia tenga un subsistema nacional de áreas marinas protegidas, es decir, una dependencia similar a Parques Naturales –que cuida las 56 áreas nacionales protegidas–, pero que se encargue de vigilar exclusivamente aquellas porciones de nuestros mares que no debemos dejar a la deriva.

Casi la mitad del territorio colombiano es mar. Son un poco más de 700.000 los kilómetros cuadrados de océanos que nos sitúan como una potencia en biodiversidad y recursos pesqueros. Pero de ese total, menos del 2 por ciento está incluido en alguna modalidad de protección o como un área marina protegida, a pesar de que el 12 por ciento de la población nacional vive en zonas costeras y depende del mar para subsistir. “Hay 100 sitios prioritarios y de importancia ecológica en el Caribe –446.000 hectáreas– y 35 sitios en el Pacífico –409.000 hectáreas– que merecerían protegerse”, dice. Preservación que él justifica con el siguiente diagnóstico.

¿Cuál es el problema más grave que enfrentan las ciudades costeras?

Hemos sido muy ligeros en el planeamiento de las ciudades ubicadas frente al mar. Hasta mediados de los años 80, con la apertura económica, florecen Cartagena y San Andrés. Sin que Santa Marta se haya quedado atrás. Allí se construyeron cinco puertos en solo 30 kilómetros; hay vías para 250.000 habitantes, pero con una población de 500.000; y en vacaciones, cuando le sumamos el turismo, el alcantarillado colapsa y todo los desperdicios caen directamente en la bahía. El planeamiento de las ciudades costeras se ha hecho reaccionando, no pensando.

¿Cuál es el mayor riesgo al que se enfrentan el mar colombiano en este momento y la población que depende de él?

El principal problema es la contaminación que sufre por las aguas servidas –es decir, las aguas que llevan desechos humanos orgánicos–, que no tienen ningún tratamiento. No importa el municipio del país; todo va a dar al Pacífico o, principalmente, al Caribe, a través del río Magdalena, que recibe la descarga de casi todo el país. Solo el 30 por ciento de los asentamientos costeros tienen alcantarillado y la mayoría no tratan sus aguas residuales. A esto hay que sumarle los desechos agrícolas y ganaderos y los que dejan la minería y la tala de las selvas. Hemos detectado contaminación microbiológica por cuenta del vertimiento de aguas negras en algunas playas con actividad turística.

¿Hay lugares identificados en alto riesgo por esta situación?

Buenaventura y Tumaco son casos en donde los valores de coliformes en el agua de los mares es muy alto.

¿Hay peligro para el turismo?

De acuerdo con investigaciones que hemos hecho en el Invemar, en muchas playas la calidad de sus aguas no es “adecuada para actividades de contacto primario, según la legislación colombiana”, situación que representa un riesgo para la salud de los bañistas.

¿Por qué la tala de bosques es un problema para el mar?

Como resultado de la deforestación, hay mucha erosión, que es tierra y sedimentos que se desprenden de las zonas montañosas; van a dar a los ríos y en algún momento llegan al mar.

¿Cómo se evidencia esa amenaza hoy?

En las islas del Rosario, los corales están cada vez más afectados por esta sedimentación, ya que esa tierra los cubre y los ahoga. Esto también se está haciendo evidente en los arrecifes de San Bernardo. Esos sedimentos llevan a los corales mercurio, arsénico y otros elementos que se desprenden de la minería ilegal.

¿La pesca está en riesgo?

Absolutamente. La presión que están soportando los ecosistemas que sostienen la pesca artesanal por esta contaminación, como arrecifes y manglares, es intensa. Y frente a eso, los pescadores colombianos que viven de las faenas diarias son altamente vulnerables.

¿Qué opina de la erosión costera?

Es un problema muy serio. Tanto el sector público como el privado están construyendo donde no se debe: se hacen espolones en sitios inadecuados y que requieren inversiones exageradas; también, hoteles; se tolera el robo de arena para impulsar la construcción y carreteras en sitios equivocados. En San Andrés, por ejemplo, la carretera perimetral se hizo sobre las dunas de arena de las playas, y por eso la isla está erosionada. Proteger un kilómetro de costa vale 17.000 millones de pesos, y en Colombia hay, aproximadamente, 900 kilómetros erosionados.

Pero esto se ha hecho más intenso por el aumento del nivel del mar, debido al cambio climático…

El mar está subiendo 2 milímetros por año y hay zonas en donde, mientras sube, el suelo se hunde, como en Cartagena y el golfo de Urabá.

¿Cuáles son las ciudades más amenazadas por el aumento del nivel del mar?

La situación es crítica, en primer lugar para Cartagena, no solo por su riqueza histórica, sino por la cantidad de personas situadas en zonas de riesgo. Además, la ciudad ha destruido enormes porciones de manglar, que funcionaban como diques naturales. Allí hemos pronosticado cotas de inundación hasta del 50 por ciento. San Andrés ocupa el segundo lugar en lo que sería un escalafón de ciudades en riesgo. Les siguen Tumaco, Turbo y Buenaventura. Luego se ubican Santa Marta y Barranquilla.

Es evidente que la minería tiene un impacto en el mar. ¿Cómo la analiza?

En los mares estamos encontrando rastros de metales pesados muy peligrosos, como mercurio, cromo, arsénico y plomo (elementos cancerígenos). Eso sin contar el tema de los hidrocarburos, que se derraman en muchas ocasiones. Todos se ‘bioacumulan’, es decir, se incorporan en peces y otros animales que pueden ser potencialmente consumidos por el hombre.

¿Y el efecto de los derrames de carbón?

La del carbón es la contaminación menos grave que recibe el mar, sin decir que no es muy delicada, porque, cuando caen toneladas del mineral, pueden aplastar un ecosistema. Pero el polvillo tiene unos problemas, más que todo, escénicos, y el valor escénico de una zona es un activo ambiental, sobre todo en una zona turística. Permitir la instalación de cinco puertos carboneros en un sitio como Santa Marta ha sido un daño incalculable.

¿El mar es capaz de purificarse por sí solo?

Sí. El mar tiene una capacidad para purificarse, principalmente cuando es cálido, como el Caribe. Ese es un activo, pero un activo que tiene límites y que podríamos superar en cualquier momento.

A Invemar se lo acusa de ser tolerante con la contaminación que generan empresas como la Drummond. ¿Qué responde?

Debo aclarar que Invemar no es autoridad ambiental. Nuestra misión es hacer estudios y diagnósticos. Por ejemplo, desde hace tiempo estamos pidiendo el cargue directo del carbón, para que este no se transporte en barcazas, pero el plazo que les habían impuesto las autoridades ambientales a las carboneras para cumplir con ese requisito, que originalmente era el 2010, ya va en el 2014. Yo no estoy capacitado para cerrar el puerto de Drummond. Mi misión es decirles a los ministros y a las corporaciones cómo está cambiando el mar, y con estas respuestas ha quedado claro que las cosas están llegando a un límite.

Javier Silva Herrera
Redacción Vida de Hoy